¿Ocuparse? ¡Sí! ¿Preocuparse? ¡No!
Ernesto Rivas S.
Estamos preocupados. Es una lástima, porque en realidad lo que debemos estar es ocupados. Tras el artero ataque terrorista a los Estados Unidos, se ha producido un clima de preocupación, un ambiente adverso que denota la intranquilidad, el temor y la inestabilidad que tal acción ha sembrado en el pueblo norteamericano.
Estamos viendo señales peligrosas, porque cuando un pueblo se deja llevar por la preocupación y deja de ocuparse, corre el grave riesgo de caer en una depresión colectiva que pudiese transformarse en el hundimiento moral de una nación que ha sido poderosa, fuerte, unida, y que hoy se aferra desesperadamente a una bandera como si las barras y las estrellas, en sí, fuesen el medio de salvación que nos protegerá de nuestros enemigos.
Por ejemplo, la compra inusual en estampida de máscaras de gas, es una demostración de debilidad interna y espiritual. Estamos poniendo al descubierto nuestra vulnerabilidad; estamos desnudando nuestra debilidad; estamos demostrando una falta de confianza en nosotros mismos que no debería existir en un pueblo unido, temeroso de Dios, y confiado en nuestros propios recursos.
Triste es ver —en Miami Beach, por ejemplo— las mesas vacías en South Beach, donde antes apenas se podía caminar de la alegría y del disfrute de las bendiciones con que siempre hemos contado. ¡Estamos huyendo! ¿De qué? ¿De nosotros mismos?
Nuestra fortaleza se demostrará el día en que volvamos a recuperar la confianza para no permitir que se baje la Bolsa de Valores, para que nuestras empresas comerciales puedan vivir de sus ganancias, para que nuestros servicios médicos y medicamentos no se disparen a la estratosfera haciendo más difícil la supervivencia. Aún nuestros coliseos deportivos no recuperan sus bríos, nuestras carreteras permanecen, como nuestras playas, desiertas.
Estamos siendo víctimas del miedo, de un miedo que nunca antes habíamos experimentado porque nunca antes habíamos sido atacados en nuestro propio patio. Estamos satisfaciendo las ansias del terrorismo de vernos de rodillas; le estamos brindando alas a los cuervos mientras ahuyentamos las palomas. Estamos insatisfechos con nosotros mismos, hemos ido perdiendo día a día la fe.
“En Dios Confiamos” ha sido nuestra guía. ¿Qué nos pasa que no queremos ahora confiar en Dios? Levantémonos airosos, valientes, confiados, seguros del triunfo, tranquilos porque sabemos que seguiremos adelante con éxito. Levantemos el espíritu de este grandioso país: abarrotemos los parques, los restaurantes, los hoteles, los aviones, los cruceros, las tiendas, los sitios de recreo, los teatros, los cines, en fin todo lo nuestro. Pensemos en que somos una nación grandiosa y que sus hijos son individuos fuertes y valientes. Si unos aviones secuestrados han sido capaces de derrumbar dos edificios y dañar otro, no podemos permitir que dañen toda la estructura de nuestra sociedad. Hoy tenemos que ponernos de pie, dar el ejemplo a nuestros vecinos, a nuestros hijos y al resto del mundo. No unirnos a la caravana de la desesperación, sino caminar por la vía de la esperanza.
Ocupémonos. Hagamos lo que haya que hacer. No sólo preparar tropas y armas y utensilios de guerra. Hay que luchar con la poderosa arma de nuestra confianza, de nuestra fe, de nuestra decisión. ¿Preocuparnos?
Está bien por un rato. Llorar a nuestros muertos es un deber ingrato. Pero la vida sigue, el mundo sigue, el futuro sigue. No detengamos la rueda del progreso ni destruyamos nuestras esperanzas en el mañana.
¡Y que Dios nos bendiga y nos ampare! ¡Esa debe ser nuestra mayor confianza!
Periodista nicaragüense, reside en Miami. 
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