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JUEVES 20 DE SEPTIEMBRE DEL 2001 / EDICION No. 22497 / ACTUALIZADA 1:00 am

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Mi querido diputado

León Núñez

En octubre pasado, el doctor alemán lo mandó a llamar para decirle que lo iba a hacer diputado. A partir de entonces, don Arnoldo no lo volvió a llamar “mi líder” sino “mi querido diputado”. En muchas reuniones el doctor Alemán lo distinguía en voz alta dirigiéndose siempre a él como “mi querido diputado”. En los pueblos, un tratamiento de esta naturaleza se riega como pólvora y las frecuentes visitas de los parroquianos a su casa junto con las consabidas felicitaciones no se hicieron esperar. Se convirtió en uno de los centros de atracción del pueblo.

Cuentan los vecinos del lugar que desde el momento en que se convirtió en el “querido diputado” de Alemán, nuestro personaje empezó en mi contra una campaña de insultos personales. Siempre que leía un artículo mío en LA PRENSA con el que denunciaba los “dedazos” de Alemán, es decir, la falta de democracia interna en el PLC, despotricaba contra mí con una agresividad tan colérica que hasta el rostro se le desencajaba.

Él no permitía que alguien cuestionara dentro del Partido Liberal Constitucionalista la voluntad omnímoda de Alemán. Decía, con rústica mediocridad, que era tratar de restarle autoridad al doctor; que había que ser disciplinado porque “Alemán sabe mejor que nadie lo que debe hacerse”.

Me comentaron que en una ocasión mientras cruzaba los dedos índices y los besaba varias veces dijo que me iba a acabar. En un principio no entendí la amenaza, pero después pensé que quizás con ese cruce de dedos y de besos —gestos propios de los “defensores fidei” de la época de Torquemada— lo que quería era mandarme un poco chamuscado al infierno del Dante.

Pero a todo esto no le di importancia. Yo sabía que a pesar de su ceguera ante las tareas políticas en el fondo él no tenía nada contra mí. Él quería, sencillamente, dar muestras públicas de lealtad para agradecer la diputación, y, sobre todo, para asegurársela. Nuestro personaje, a pesar de su moral intemperante, es una buena persona. Es un hombre honrado que a veces se deja arrastrar por sentimientos ayatólicos de agradecimiento.

Se trata de un liberal de misa diaria, fundamentalista, pero de los fundamentalistas que no le hacen mal a nadie. Un mujeriego jubilado, ansioso de revivir su juventud, pero que aparentemente, según los díceres del pueblo, ni con la viagra podría transformar sus deseos en placeres.

Un sabelotodo del pueblo, que tiene una visión freudiana de la política, me dijo que posiblemente para nuestro personaje la diputación lo iba a volver a vivir una nueva juventud, ya que para él se trata de un cargo afrodisíaco, sensual, elegantemente erótico, capaz de despertar en las mujeres estremecimientos vitales y encantos inquietantes.

Tal vez nuestro personaje mientras se imaginaba ya de diputado, es decir, mientras pensaba en la diputación como goce estético —el erotismo no puede estar divorciado del goce estético—, se enteró del rumor que cundía en todo el pueblo de que Alemán lo había guatuseado. Más tarde comprobó que, efectivamente, “ya no iba de diputado”.

Sufrió en silencio una tremenda depresión. Mucha tristeza se traslucía de su figura junto con un presagio de grandes equivocaciones. La gente lo veía con miradas irónicas y cuando lo saludaban lo hacían con la casi imperceptible sonrisa del hombre educado que se burla de la desgracia ajena. Durante varios días la guatuseada de Alemán y las esperanzas afrodisíacas fueron la comidilla del pueblo.

Un día lo vi en Managua, en un restaurante. Me extrañó que llegara a mi mesa a saludarme, pues tenía casi un año de no dirigirme la palabra. Incluso en algunas pequeñas reuniones políticas en las que coincidimos siempre se mostró distante y evitaba mi saludo.

Me contó que últimamente había estado reflexionando sobre la situación del país; sobre el futuro del PLC. Que había llegado a la conclusión de que era necesaria la democratización interna del Partido Liberal Constitucionalista; que los partidos políticos no deben tener dueño, y se despidió de mí diciéndome con un aire de arrebato de virtud republicana que de ahora en adelante su posición contra el “dedazo” sería inconmovible.

Yo salí del restaurante pensando en la naturaleza cambiante del hombre y sobre cuál sería el tratamiento que en adelante le iba a dispensar el doctor Alemán. Probablemente don Arnoldo lo va a seguir tratando como si nada hubiera pasado, pues estoy seguro de que a este “mi personaje inolvidable” el doctor Alemán lo volverá a llamar “mi líder” en vez de “mi querido diputado”.

El autor es abogado y escritor  
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