Por qué los norteamericanos no fueron recibidos con flores
Jorge Ramos Ávalos
Safwan, Irak. Se suponía que cuando los soldados norteamericanos y británicos entraran a Irak serían recibidos con flores, besos, abrazos y música. No vi nada de eso. Por el contrario, cuando los tanques y vehículos militares del Ejército estadounidense entraron al sur de Irak, los iraquíes que los observaban desde ambos lados de la carretera actuaban como si no les importara. Era una actitud de pretendida indiferencia que tenía algo de orgullo y miedo.
¿Qué falló? Estados Unidos y Gran Bretaña pueden estar ganando la guerra —según el presidente norteamericano George W. Bush, el régimen de Saddam Hussein ya sólo controla una parte de Irak— pero aún no han podido ganar las mentes y los corazones de los iraquíes. El principal problema tiene que ver con el hambre. Los varios iraquíes con quienes conversé (con la ayuda de un traductor) me dicen que desde que comenzó la guerra han sufrido mucho por la falta de alimentos, agua potable y electricidad. Y ellos, repitiendo los argumentos de la televisión iraquí, le echan la culpa de la hambruna a Bush y al primer ministro británico Tony Blair.
“Hace cinco días que mi familia no come”, me dijo una desesperada madre con ocho hijos pululando a su alrededor. Ahmed, un niño de seis años de edad, estiró dos de los dedos de su empolvada mano izquierda contando los días que llevaba sin tomar agua o leche. Tenía los ojos hundidos y sus párpados comenzaban a pintarse de púrpura. La piel de su cara estaba reseca como una lija. “Si puedo cortarle la garganta a un americano o a un británico lo voy a hacer”, me dijo desafiante, sin parpadear, un joven iraquí. Iba vestido de civil pero las botas lo delataban como un soldado del ejército de Saddam Hussein.
Otra razón por la que los norteamericanos y británicos no han sido recibidos con abrazos y música es el miedo. Dentro de la población civil se han mezclado miles de soldados en desbandada del ejército iraquí. Cuando las tropas estadounidenses se retiran por la noche a sus cuarteles y los reporteros se han refugiados en sus hoteles, aparentemente grupos de fedayines del régimen de Saddam Hussein entran en las casas de los iraquíes que están cooperando o simpatizan con las fuerzas de la coalición y los ejecutan, los amenazan de muerte o les cortan la lengua. La administración del presidente Bush asegura que hay unos 20 mil fedayines o paramilitares esparcidos por el país y que, por ejemplo, una mujer en Basora que recibió a las tropas británicas con un pañuelo blanco apareció colgada a la mañana siguiente. No he podido encontrar a nadie que me corrobore esta historia pero ha circulado tanto que ya muchos la dan como un hecho.
Esta es una guerra que también se lucha con propaganda. El secretario de Defensa de Estados Unidos, Ronald Rumsfeld, dice que es por el miedo a los fedayines que los iraquíes no han dado una efusiva bienvenida a las tropas norteamericanas en Irak. En cambio, el embajador de Irak ante Naciones Unidas asegura que lo que está ocurriendo en su país es una “ocupación” no una “liberación” y que los iraquíes defenderán hasta el final a su país. La verdad se esconde entre las palabras de estas dos declaraciones. Pero sea cual sea, la realidad es que esta guerra ha resultado ser más larga, sangrienta y complicada de lo que esperaban británicos y norteamericanos. Las imágenes de niños y civiles muertos o heridos transmitidas todo el día por las televisoras árabes son la comprobación de que no hay guerra limpia por más precisas y caras que sean las bombas.
Lo que vi en el sur de Irak me ha ayudado a entender por qué las escenas de júbilo y regocijo que esperaban recibir los soldados norteamericanos y británicos al entrar a territorio enemigo nunca se materializaron. Es el hambre, el miedo y el orgullo lo que alimenta la resistencia iraquí. También —y hay que decirlo por honestidad— el iraquí es un pueblo que resiente la presencia en su territorio de un ejército extranjero, aún cuando la intención de británicos y norteamericanos pudiera ser “liberarlos” de una dictadura que ya se extiende un cuarto de siglo. La verdad es que los iraquíes con quienes platiqué no han cambiado su alianza de Saddam Hussein a George W. Bush. Es, supongo, un proceso largo y cuesta arriba. Mientras más bombas caigan y más civiles mueran, la misión de ganar la simpatía iraquí se convierte en una misión imposible.
La única muestra de esperanza de que las fuerzas aliadas, en un momento dado, pudieran ser bien recibidas en Irak me la dio un niño. Tenía unos siete años de edad y se me acercó pensando que yo era parte del grupo que había traído agua y comida desde Kuwait. Se aseguró que nadie lo estuviera viendo, me tomó la mano derecha, me jaló suavemente hacia su cabeza y me dio un beso en la mejilla. El gesto me tomó por sorpresa. Cuando levanté la cara, sólo le vi la espalda y las plantas sucias de sus pies mientras corría hacia los camiones de ayuda para ver si podía encontrar algo de comer.
El autor es periodista, corresponsal en Irak. 
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