Reportaje especial
El curandero, el médico y el juez
Juan Ruiz Sierra juan.ruiz@laprensa.com.ni
Un doctor y un brujo capitanean la comisión que llegó el pasado miércoles a Raití con el objetivo de sanar a las cerca de 60 víctimas del extraño mal conocido como Grisi Siknis. El brujo cuenta con el aval del juez de Waspam, pero el médico desconfía de su capacidad.
“Carlos Salomon Taylor contribuyó de gran manera en la cura de los comunitarios de Krin Krin, quienes en meses anteriores padecían de histeria colectiva o hechicería. El joven, con sus hierbas y oraciones, brinda sus servicios a enfermos afectados por la naturaleza, restableciéndoles la salud y felicidad. Firmado: Jimmy Chang, Juez del Distrito General de Waspam”.
Salomon saca el papel de su diccionario de español, pues se expresa mal en este idioma. El escrito es su carta de presentación. “Sólo yo pude curar a la gente de Krin Krin”, presume. Se refiere al caso de la comunidad miskita de río Coco, ocurrido hace tres años, en el que cerca de 80 personas se vieron afectadas por un mal, denominado Grisi Siknis, que les impelía a gritar y correr hacia el monte, de forma desesperada, con los ojos cerrados, atacando a quienquiera que se interpusiese en su camino.
Ahora ocurre lo mismo en Raití y en Namahka, en la misma cuenca que divide Nicaragua de Honduras. Una comisión formada por médicos del Ministerio de Salud (Minsa) y personal de las ONG de la zona se reunió hace dos semanas en Waspam para afrontar este problema. ¿Qué decisión tomaron? Había que llamar a Carlos Salomon Taylor. Se decía que él había sanado en Krin Krin. Además, contaba con el aval del juez.
Este curandero llegó a Waspam el pasado domingo 16 de noviembre. Iba montado en una bicicleta negra, vestido con un sombrero de explorador negro, una camisa negra, un pantalón negro, unas botas militares negras y unas gafas de cristal negro.
Traía ciertas exigencias: para curar a las víctimas del Grisi Siknis necesitaba uña, cola y cuerno de vaca negra, caracol de mar, metileno, azufre, hilo y trapo negro, agujas y ciertas hierbas. También demandaba un pago elevado para esta zona llena de miseria: 11,000 córdobas por todo el proceso de curación. Lo tomaban o lo dejaban. La comisión aceptó, con las reservas de varios de sus integrantes. Especialmente de Joel Zacarías, el médico del Minsa que acompañaría al curandero en su viaje a Raití y Namahka.
Salomon jamás parece relajado, como si no dejase ni por un momento de ser un curandero, un brujo. Miskito puro, de finísimos ojos, nariz aplastada y marcada musculatura, habla su lengua, muy musical por lo general, con un tono apagado, serio, trascendente.
Cuenta que se enroló en la Contra cuando tenía 11 años. Pasó toda la década de los 80 guerreando. Según explica, gozaba de una ventaja: podía hacerse invisible. Bastaba una piedra de color blanco denominada yara, una pequeña Biblia en el bolsillo y una oración especial. Terminada la contienda, volvió a su comunidad natal, Bull-Sirpi, situada a orillas del río Coco, 50 kilómetros al oeste de Waspam.
Poco después sintió la necesidad de hacerse curandero. Según la creencia miskita, existen varias formas de adquirir los conocimientos. Puede ser de forma convencional: a través del aprendizaje de otro sanador experimentado; pero también de manera espontánea: si a alguien le cae un rayo en la cabeza y sobrevive, la sabiduría acude a él.
Salomon afirma que eligió otra variante: marchó, solo por completo, a la selva que circunda la zona. Permaneció allí durante seis meses, experimentando con su propio cuerpo, probando todo tipo de hierbas. “Me picaron muchas serpientes, y yo mismo me curaba. Volví con toda la ropa negra”, recuerda. “Estaba delgadito así, mirá”. Dice esto último en español, juntando con fuerza el pulgar y el índice.
Para él, la adquisición de su saber implica dolor. “Hay que hacer que el cuerpo sufra”, explica. La castidad es otro aspecto esencial: durante un año y medio, mientras adquiría y perfeccionaba sus conocimientos, no practicó el sexo. Ahora, su hermano y su padre están aprendiendo de Salomon. Y él les aplica la misma exigencia. “Mi mamá está bien brava”, reconoce. “Pero así tiene que ser. Incluso yo, ahora, sólo practico el sexo una vez al mes. Si no, se me iría la fuerza, la magia”.
A su vuelta de la selva, viajó a lo largo del río Coco, de una comunidad a otra, ofreciendo sus servicios. Después, ocurrió la epidemia de Grisi Siknis en Krin Krin. Y Salomon sostiene que curó a sus habitantes. Incluso volvió de allí con una mujer, su actual esposa.
UN CARGO DELICADO
El concepto de magia, de brujería, de hechizos, está profundamente arraigado en la cultura miskita. Incluso entre aquellos que han recibido una mayor educación. Laura Hammer, una señora muy respetada en toda la cuenca del río Coco, licenciada en enfermería, corpulenta, de pelo corto y con una elegancia que la asemeja a una emperatriz egipcia, ejerció de traductora durante las conversaciones con Salomon.
La mañana del pasado domingo 23 de noviembre Salomon hablaba frente a una taza de café. Después, la señora Hammer se echó a dormir. Soñó que Salomon le lanzaba un objeto anaranjado que se le clavaba en el cuerpo. No se considera supersticiosa, pero en el resto de encuentros sólo le miró de reojo, con desconfianza y miedo.
El juez Jimmy Chang, quien redactó y firmó el aval de Salomon, estudió Derecho en la Universidad Centroamericana de Managua. Este hombre joven, mezcla de sangre china y miskita y de carácter locuaz, también guarda una relación ambivalente con la brujería. Opina que “es una guerra sicológica. Cuanto más se cree, más te afecta”.
Cada mes llegan a él entre 20 y 30 casos de hechicería, aunque en su opinión la mayoría no tienen fundamento. “En las comunidades misquitas, si alguien muere, es brujería”, considera. El caso más llamativo ocurrió en Saupuka en 1997. Toda la localidad desfiguró y mató a garrotazos a un hechicero. Recuerda Chang que “hasta los niños participaron. El asunto pasó al Tribunal de Apelación de Puerto Cabezas, pero hubieran necesitado construir varias cárceles para encerrar a toda la comunidad”.
En cualquier caso, este hombre dice no creer mucho en la brujería, aunque asegura haber sido víctima de hechizos.
No sólo él, sino también sus predecesores en el cargo. Cuenta Chang que el anterior juez, “un miskito que había renegado de su cultura”, falleció de manera súbita, por circunstancias desconocidas. Un día encontró sobre su mesa de trabajo el hígado de un animal. Lo tocó. A la mañana siguiente estaba muerto.
Después llegó de la zona del Pacífico una magistrada suplente. Cada vez que abría la gaveta del sencillo escritorio que ahora ocupa Chang se encontraba un moño de pelo y de uñas negras. En una ocasión tomó el avión desde Waspam a Managua. Al llegar al aeropuerto de Managua un oficial le pidió que abriera su maleta. También allí encontró el mismo pelo y las mismas uñas. “La estaban volviendo loca”, afirma el juez. Renunció al poco tiempo.
Distinto fue el caso de Chang. Cierta vez llegó a tener a siete brujos detenidos en la limitada estancia de la Policía Nacional de Waspam. “Los hechiceros se pusieron de acuerdo para afectarme”, apunta.
Una noche, después de encerrar a un brujo que reconoció haber hechizado a una joven de la pequeña comunidad de Kum, Chang llegó a su casa. Al bordear el jardín sintió sed. Se acuclilló en el grifo que utiliza para regar sus plantas. Sintió un ruido silbante –“sshh”, dice él– y un escalofrío que le recorrió todo el cuerpo. “Ya pasó”, se dijo al poco tiempo, y marchó a dormir.
A la mañana siguiente no se podía levantar, pues todo el flanco derecho de su cuerpo se encontraba paralizado. Tenía una vista judicial importante a primera hora, y hubo de desplazarse en silla de ruedas. Más tarde llegó el padre de la muchacha que había sido embrujada en Kum. “Mi hija me ha dicho que usted no está bien”, le dijo el señor.
Traía consigo un mapa de la celda en la que se encontraban los hechiceros. Lo había dibujado su hija y aparecían varios puntos, numerados del uno al siete. Además del propio juez, nadie sabía que en el único calabozo de Waspam se encontraban detenidos siete brujos.
Cuenta Chang que fue a visitar a una curandera, a la que encontró en su vivienda de madera, de cara a la pared y con una toalla en los ojos. No había abierto la boca cuando ella dijo: “Te están declarando la guerra. Pasame la Biblia”.
Abrió el libro por el salmo número 91. Lo leyó e inició un diálogo consigo misma, a modo de pregunta y respuesta. Terminado el rito, la curandera se dio media vuelta. “Si usted hubiera sido una persona débil”, le explicó a Chang, “habría muerto de inmediato. Pero, ¿sabe qué? Ya está bien”.
El juez se dio cuenta de que tenía razón. Acudió a la celda del pueblo y reunió a los siete hechiceros. “Yo también soy miskito”, les espetó. “Igual de indio que ustedes. No tienen ningún derecho a hacer esto a nuestro pueblo”. Dicho esto, los liberó. “Con la ley en la mano, no había cómo condenarlos”.
Después llegaría el caso de Krin Krin. Cerca de 80 personas con Grisi Siknis. La dolencia se había extendido tanto que los lugareños tuvieron que amarrar a los afectados en los bancos de la iglesia. Llegaron médicos y se hicieron estudios, pero el misterioso mal no disminuía. También visitaron la comunidad varias congregaciones religiosas, para orar junto a las víctimas. Según Jimmy Chang, Carlos Salomon Taylor fue la persona que los curó. Así que cuando éste le pidió el certificado que avala sus conocimientos, el juez no se lo negó.
NO TAN PRESTIGIOSO
Bull-Sirpi, donde nació y vive Salomon, es una pequeña comunidad situada sobre una verde loma que va a dar al río Coco. Poco más de 300 personas residen en diseminadas casas de madera de las llamadas tambo, es decir, elevadas un metro por varios troncos. Muy pocas están pintadas.
Salomon, el curandero sobre el que están depositadas las esperanzas de curar a la gente de Raití y Namahka, el hombre que se atribuye el mérito de haber detenido la situación en Krin Krin, no goza de prestigio aquí.
Felipe Prados Josué, un hombre de mediana edad, delgado y de marcados pómulos, es el vicecoordinador de Bull-Sirpi. “Desde que ocurrió lo de Krin Krin está cobrando muchísimo”, comenta, “nosotros no vamos a que nos atienda”.
Cuenta Prados que hace poco tiempo un hombre de esta comunidad perdió su panga y acudió a Salomon para que adivinase dónde estaba. Después de varias oraciones, el curandero le respondió que se encontraba en Saklin, cerca de 40 kilómetros al este de Bull-Sirpi, lo que supone un viaje de más de un día si no se cuenta con una embarcación a motor. El hombre se desplazó hasta allí, confiado. No había ni rastro de la panga en el lugar indicado por el curandero. Días después se encontró el bote a escasos metros de Bull-Sirpi.
Gran parte del prestigio de Salomon viene de su participación en la epidemia de Grisi Siknis en Krin Krin, hace tres años. Los integrantes del consejo de ancianos de la comunidad se reúnen en una superficie techada con zinc, sin piso y sin paredes. “Lo que aquí ocurrió fue un hechizo del diablo, y nos salvó Dios”, explica Eduardo Navas, coordinador del lugar.
Para Navas, la cura vino de la fuerza conjunta de todas las confesiones cristianas que aquí se llegaron a reunir: católica, morava, evangélica y maranata. “Las oraciones nos salvaron, no Salomon”.
El doctor Joel Zacarías piensa lo mismo del curandero. Este miskito de aspecto frágil y carácter tímido hasta el extremo, no cree en la capacidad de Salomon. Sin embargo, se ha visto obligado a viajar con él hasta Raití, pues así lo decidió la comisión reunida en Waspam hace dos semanas.
Zacarías se encuentra en una situación compleja: con una maestría en Salud Pública, es una persona racional que no comparte la fe, casi intrínseca a su raza, en maldiciones, hechizos y brujerías. Lleva años realizando un estudio médico sobre el Grisi Siknis. En su opinión, el origen de la dolencia se remonta a la década de los 50. “Pienso que esta es una enfermedad cultural”, declara. Pero, al mismo tiempo, es oriundo de Raití, la comunidad más afectada por el Grisi Siknis, y algunos de sus familiares padecen la enfermedad. Ellos sí esperan mucho de Salomon.
El equipo del que forman parte el doctor Joel Zacarías y el curandero Carlos Salomon Taylor llegó a San Carlos, a medio camino entre Waspam y Raití, a las dos de la tarde del pasado miércoles 26 de noviembre. Iban a bordo de una moderna panga con un potente motor.
Salomon continuaba vistiendo de negro por completo y traía todo el material que necesitaba, incluido el caracol de mar, algo no fácil de encontrar. Zacarías llevaba una camisa rosada y un pantalón gris, del tipo que usan los médicos en los hospitales.
Les quedaban alrededor de ocho horas para llegar a Raití y pararon a tomarse un refresco. El doctor Zacarías reveló que, teniendo en cuenta los 11,000 córdobas que había cobrado y la poca confianza que tenía en él, si Salomon no lograba curar a los afectados de Raití, pensaba dejarlo abandonado en esa comunidad. Pidió un cigarro. “Casi nunca fumo”, dijo, “pero hay veces que lo necesito”.
A las tres de la tarde, la embarcación salió rumbo a Raití. Salomon parecía tener una gran seguridad en sí mismo. Zacarías lucía concentrado, incluso más retraído que de costumbre.
La panga se perdió de vista después de pasar una de las múltiples y bellas curvas del río Coco. El verde a ambos lados de la cuenca era tan intenso que hacía daño a los ojos. Wilbert White, un hombre corpulento, empleado de la venta donde se habían consumido los refrescos, los vio desaparecer y dijo: “De repente, aquí pasan cosas extrañas”.

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