Editorial
Ley contra las pandillas
La noticia que publicamos ayer, de que el presidente de Honduras, Ricardo Maduro, envió al Congreso un proyecto de ley “para prohibir la existencia de pandillas criminales”, es sin duda de mucho interés en Nicaragua.
Según el despacho de la agencia de prensa ACAN-EFE, el presidente hondureño calificó a las pandillas juveniles, o “maras” como se les llama en Honduras y El Salvador, de “empresas criminales que perjudican a nuestra juventud y aterrorizan a nuestro pueblo, sus actividades centrales son violaciones de la ley, se dedican a cometer asaltos y homicidios, traficar drogas ilegales, e incluso realizar actos de violencia y violación como iniciación de sus propios integrantes”. De manera que el proyecto de ley presentado por el presidente Maduro al Congreso hondureño, apunta a “prohibir las ‘maras’ criminales, prohibir su existencia y penar el mero hecho de pertenecer a ellas”.
Lo dicho por el primer mandatario hondureño es completamente válido para Nicaragua. Y a pesar de que las pandillas son un fenómeno social complejo que no se resuelve mediante una ley y la represión, únicamente, la iniciativa del presidente Maduro es pertinente porque los programas de reeducación de pandilleros no dan resultados positivos si no son acompañados con medidas legales y coercitivas.
Se dice que Nicaragua es el país más seguro de Centroamérica a pesar de que tiene las fuerzas policiales menos numerosas y peor equipadas. Esa aseveración no deriva sólo de las estadísticas sino que los nicaragüenses residentes en esos países y los nacionales de ellos que visitan Nicaragua confirman que aquí se sienten mucho más seguros que en cualquier otra parte.
Pero ese dato no le sirve de nada a las víctimas directas e indirectas de los pandilleros, que implantan el terror en todos los lugares donde llevan a cabo sus actividades criminales. ¿Qué consuelo es para la jovencita que fue violada por cinco pandilleros, saber que en Nicaragua hay menos violencia juvenil y violaciones sexuales que en los demás países centroamericanos?
En noviembre del año pasado, en uno de los muchos trabajos especiales sobre las pandillas que actúan en Managua y otras ciudades del país que ha presentado LA PRENSA, publicamos un reportaje elaborado por nuestro reportero Carlos Martínez Morán, que dio a conocer la desgarradora historia de un joven universitario que regresaba a su hogar en compañía de dos amigos. Ellos fueron asaltados en una calle del barrio Naciones Unidas por los integrantes de la pandilla “Pulmón de Gato”, armados con machetes, cuchillos y garrotes. Guillermo se arrodilló e imploró piedad a los pandilleros, pero éstos le cercenaron la mano izquierda de un machetazo, luego le asestaron varias puñaladas en la espalda, y finalmente lo remataron a patadas en la cabeza y el cuerpo.
Por supuesto que ése no es un caso aislado. Son numerosas las historias de personas golpeadas o asesinadas, mujeres violadas de manera individual y colectiva, casas semidestruidas y situaciones de terror en todo un barrio durante las acostumbradas guerras callejeras entre pandillas.
Y es loable el esfuerzo que hacen algunas organizaciones civiles en coordinación con la Policía, para persuadir a pandilleros a que abandonen la delincuencia, para reeducarlos y recuperarlos en beneficio de la sociedad, de sus familias y de ellos mismos. Pero esos esfuerzos son insuficientes. Como señaló la comisionada general de la Policía, Ana Julia Guido, en el reportaje antes mencionado, “en el fenómeno de las pandillas tenemos casos en que logramos convencer a los muchachos para que abandonen esos grupos, pero que al poco tiempo ellos regresan porque no encuentran alternativas en actividades productivas. Eso ayuda mucho a la proliferación de la delincuencia”.
Mas no es sólo por eso. Es que también hace falta una ley que castigue como se debe a los pandilleros, que tienen claramente señalados sus derechos pero no hay una pieza legal que castigue los delitos de todo género y magnitud que cometen los vagos y delincuentes juveniles.
De manera que sería útil aprobar aquí también una ley que prohíba las pandillas y castigue con la cárcel el sólo hecho de pertenecer a ellas. Hay que hacerlo antes de que sea tarde y que el pandillerismo adquiera las peores manifestaciones que tiene en los otros países centroamericanos.

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