Blanco y negro
“Realpolitik” para pacifistas
Eduardo Enríquez eduardo.enriquez @laprensa.com.ni
“La guerra es el infierno, dijo el general William Sherman cuando se aprestaba a incendiar la ciudad de Atlanta, Georgia, en septiembre de 1864, durante la Guerra Civil de Estados Unidos.
Nadie puede estar en desacuerdo con este hombre, que irónicamente fue conocido por su tiránico estilo militar. La guerra crea el peor de los horrores, y se ensaña en los más pobres, los más débiles, los que de por sí sufren aún en tiempos de paz; esa misma gente que ya está sufriendo el infierno en Irak.
Pero el movimiento pacifista mundial, que con tanta alharaca sale a las calles a pedir la paz y a condenar a Estados Unidos hace un flaco favor a los desposeídos y a todo el pueblo iraquí.
Claro, han hecho maravillas por la propaganda de sus movimientos, se han visto en TV alrededor del mundo, pero ésa su estrategia no fue nada efectiva, a no ser que en el fondo lo que les interesa es marchar un rato recordándole la madre a los “gringos”.
Ese cántico de “no a la guerra, sí a la paz...” nunca fue una alternativa real. Los Estados Unidos fueron a la guerra por cuatro razones: porque consideran que Saddam Hussein puede darle armas de destrucción masiva a los terroristas, porque les interesa implantar un gobierno pro americano en la zona, porque les gustaría tener acceso a esa gigantesca producción petrolera, pero sobre todo porque pueden hacerlo. Eso se llama “realpolitik”. O sea, si favorece a los intereses del país y se puede lograr, se hace. En las relaciones internacionales las cosas son así.
Y Francia, Alemania y Rusia tenían razones similares para oponerse. No se oponían a la guerra para proteger a las familias iraquíes que morirán soterradas por bombas americanas y británicas, sino porque tienen millones de euros en inversiones petroleras y venden a Hussein otros cientos de millones de euros en productos. A ese cliente no lo iban a dejar ir tan fácilmente.
Por eso es curioso que sea Sherman —un hombre que era tan delicado como el tanque que lleva su nombre— quien venga a dar una lección a los pacifistas de candelitas y lacitos blancos.
“La guerra es crueldad... aquéllos que llevan la guerra a un país se merecen todas las maldiciones que un pueblo pueda expresar”, dijo el general. Y de nuevo tenía razón. Pero ahí es donde los de la candelita parecen perderse en la oscuridad, jamás se atrevieron a poner una onza de presión sobre Hussein, un verdadero déspota que desde que llegó al poder ha estado en guerras sin razón, primero contra Irán —en la que todo Occidente le ayudó— luego contra el prácticamente indefenso Kuwait y por último contra los kurdos dentro de su propio país. El delito de los kurdos —que junto a los iraníes han probado las armas químicas de Saddam— es pedir la independencia de su pueblo. Pero de ellos no saben nada los pacifistas.
Habría sido interesante que el movimiento pacifista mundial hubiera presionado para que las Naciones Unidas exigieran, no un desarme de Irak, sino la salida del déspota y la democratización del país.
¿Algo verdaderamente complejo de lograr? ¡Seguro que sí! La guerra es mucho más sencilla, y ahora que comenzó, los pacifistas pueden dormir tranquilos porque ellos ya salieron a mentarle la madre a los gringos... Pero no salvaron ni una sola vida iraquí... ¡C’est la vie! 
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