Desde Washington
Chávez y los síndromes del poder
Marcela Sánchez/washingtonpost.com
Mi tío abuelo Carlos fue uno de los personajes célebres de nuestra familia. Decía tener un título nobiliario como el descendiente directo de un conde en España y, en uno de sus mejores momentos, celebró el honor en Bogotá en compañía del embajador español y otras altas personalidades.
Tío Carlos sufría, no obstante, de lo que se conocía antes como ciclotimia, un trastorno bipolar. Algunos días, era totalmente encantador. Mientras que otros, se sumía en depresión y apatía y no pensaba nada de salir desnudo a las calles de la capital.
El presidente venezolano Hugo Chávez, en cierta forma, me recuerda a tío Carlos aunque claro que Chávez no ha estado recorriendo sin ropa las calles de Caracas. De hecho para algunos, Chávez es uno de los individuos más carismáticos y políticamente inteligentes que existen. Pero, también hay lapsos en que parece legítimamente perturbado.
En el curso de unos pocos días la semana pasada, Chávez se puso del lado de los rebeldes en Irak, acusó al presidente Bush de financiar “guerras de dominación” y aseguró que si Jesús viviera “estaría enfrentando al imperio norteamericano”. Repitió amenazas de que dejaría de vender petróleo a Estados Unidos y llamó a que se aplicaran sanciones contra Bush por sus prácticas anti democráticas contra ciudadanos estadounidenses. También culpó a políticos colombianos de instar a Estados Unidos a que invada Venezuela.
Hay muchos, incluidos funcionarios estadounidenses, que consideran los excesos de Chávez como tácticas para distraer la atención del caos interno en su país y de los esfuerzos de la oposición para lograr un referendo revocatorio de su mandato. Tal vez así sea. Pero las acciones de Chávez están llevando claramente a su país a una paranoia general y a la comunidad internacional a un estado de prevención y evasión de la realidad.
El siquiatra venezolano Edmundo Chirinos, quien ha atendido a Chávez, me dijo en una entrevista telefónica esta semana que Chávez sólo sufre de las “deformaciones mentales” propias de cualquier persona en el poder.
Cualquiera que sean entonces dichas “deformaciones”, le están haciendo más daño a su causa que cualquier otra cosa o persona. Chávez llegó al poder en 1998 y nuevamente en 2000 con un tremendo apoyo popular por su visión de reducir la pobreza y destruir diferencias sociales en una tierra rica en petróleo. Pero ahora eso se ve más como la fantasía de un desquiciado.
Su irritabilidad y sus arrebatos parecen estar alienando incluso a sus allegados tanto dentro como fuera de Venezuela. En presencia de extraños, según algunos que los han visitado, los más cercanos asesores de Chávez permanecen mudos por temor tal vez a incitar la ira del comandante.
Aquellos en la comunidad internacional que valientemente han tratado de evitar que Chávez y sus opositores se destruyan unos a otros, ahora permanecen extrañamente callados. Diplomáticos en la Organización de Estados Americanos tienen en su posesión un informe interino acerca del suplicio de los últimos 11 meses que debía haber llevado al referendo revocatorio. Cada uno preferiría que fuera otro el que lo hiciera público.
De la paranoia de Chávez ya se han contagiado otros. Como reacción a una resolución en el Senado colombiano que expresó preocupación la semana pasada por la afligida democracia venezolana, los legisladores venezolanos pidieron una investigación de la carrera armamentista de Colombia y sus supuestos preparativos para invadir a Venezuela. Nada puede estar más apartado de las intenciones colombianas. Colombia ya tiene su buena porción de demencia con la cual luchar.

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