Del editor
Cárcel
Fabián Medina Sánchez fabian.medina@laprensa.com.ni
Nadie quiere estar en la cárcel aunque ésta sea de oro. Ésa es una verdad de Perogrullo. Sin embargo es oportuno recordarlo ahora que en Nicaragua se ha establecido un sistema de cárceles por categoría.
Las hay desde pocilgas malolientes y hacinadas hasta suites que competirían con cualquiera de las que ofrecen nuestros mejores hoteles. En unas se come siempre arroz y frijoles con excremento de cucarachas y ratas, y en las otras, pavo, como ha reconocido el prefecto Carlos Sobalvarro.
Las primeras están a la vista. Son aquéllas de las repetidas escenas donde los prisioneros estiran sus manos entre barrotes o minúsculas ventanillas, pidiendo piedad o, al menos, algo de atención. Las segundas están escondidas, no se deja fotografiarlas. En éstas el reo tiene teléfono, aire acondicionado, y la llave para que entre y salga cuando quiera.
Este último tipo de cárceles ha aparecido recientemente y, cosa rara, jueces y carceleros han esgrimido el “humanitarismo” para explicarlas. O sea, que desde esta premisa hay presos que son más humanos que otros.
Obviamente nadie quiere estar en cualquiera de ellas. ¿Entonces qué determina que un delincuente termine en la una o en la otra? ¿A mayor gravedad del delito, cárceles más duras? No. Tampoco por la edad. ¿Cárceles más suaves para niños y ancianos? No. Los penales de Nicaragua funcionan desde hace un tiempo acá, según se desprende de las declaraciones que da a magazine el prefecto Sobalvarro, con una lógica que por cruda resulta repugnante: dime cuánto tienes y te diré qué cárcel mereces.

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