LUNES 12 DE JULIO DEL 2004 / EDICION No. 23508 / ACTUALIZADA 02:30 am





EL HUMOR DE




Chica mala

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. Hace diez años, Tonya Harding se hizo famosa por el escándalo ocurrido cuando dejó fuera de competencia a su rival, Nancy Kerrigan. Ahora, quiere triunfar en el boxeo.

 

ESPN

“Mucha gente ganó dinero con mi imagen de chica mala. Y ahora es mi turno”, repite una y otra vez. En realidad, se ha convertido en una caricatura de sí misma, obsesionada por aprovechar su mala reputación echando mano de cualquier recurso. Y lo que está logrando es un resultado lamentable, más cercano a los programas de televisión sensacionalistas que al éxito deportivo. Tonya Harding tiene 33 años y, en algún sentido, podría decirse que ha intentado todo. Pero ella se empeña en demostrar que siempre puede dar un paso más en la búsqueda del absurdo. Ahora, de la mano del boxeo, está completando una de las peores etapas de este camino desesperado.

Hace poco más de diez años, se preparaba para su gran sueño, los Juegos Olímpicos de Invierno de Lillehammer. Se sabe que los selectivos de Estados Unidos son una suerte de competencia olímpica anticipada, pero esta vez el duelo entre ella y Nancy Kerrigan podía significar la eliminación de alguna de ellas de los Juegos. Lo cierto es que el mundo del deporte se conmovió cuando un desconocido atacó a Kerrigan con una barra de hierro y le lastimó una rodilla. De inmediato, la sospecha sobre Harding y su esposo se hizo inevitable. Jeff Gillooly, un oscuro personaje enloquecido con la idea de que el éxito de su mujer lo hiciera millonario, les había pagado 6.500 dólares a un par de hombres para que dejaran a Kerrigan fuera de competencia.

Con esta comprobación, Kerri-gan fue invitada de todos modos a los Juegos, pero Harding, todavía empeñada en negar lo innegable, logró demorar el juicio y llegó a competir en los Juegos. Como nunca, los Juegos fueron seguidos por centenares de medios de comunicación que poco se interesan por los deportes de invierno. Y allí, ninguna de las dos obtuvo el oro: la ganadora fue la ucraniana Oksana Baiul. Kerrigan ganó la plata; Harding debió conformarse con el octavo lugar. Sabía, además, que la pista de su intervención en el caso todavía le iba a traer más dolores de cabeza…

Lo cierto es que Harding intentó en todo momento desligarse del asunto y echarle toda la culpa a su marido. Pero la estrategia no le dio resultado. En 1998 fue declarada culpable de obstruir la investigación, la multaron con 160.000 dólares y fue condenada a cumplir 500 horas de servicio comunitario. Pero además, la suspendieron de por vida para el patinaje y su marido, enojado porque ella lo denunció al FBI, vendió a los medios un video de ella, desnuda, tomado durante la luna de miel.

Las consecuencias de aquel episodio todavía se mantienen vivas. Y siguen apareciendo nuevos testimonios. Incluso, uno de los hombres contratados por Gillooly, le inició una millonaria demanda a un cura al que acusa de haber quebrado el secreto de confesión y grabado el momento cuando él le narraba cómo habían sido los hechos. Y en el medio de todo el escándalo, Tonya…

¿Qué podía hacer con su vida? Intentó escribir “su” historia, pero quedó opacada por la versión de Kerrigan. Se ofreció para diversos programas de televisión y nunca tuvo éxito. Incluso, hace dos años, protagonizó una penosa pelea televisiva con Paula Jones, una de las mujeres implicadas en los escándalos sexuales de Bill Clinton, en un choque promocionado como la pelea de “las chicas malas”. Tonya ganó y supo, entonces, que podía volver al deporte: hoy intenta, sin demasiado éxito, dedicarse al boxeo. Debutó perdiendo con Samantha Browning y, esta semana, fue despedida con insultos, luego de caer categóricamente con la canadiense Amy Johnson, que le dio una paliza antes de noquearla en el tercer round.

Sin embargo, Tonya insiste en que no se retirará. Sueña con combatir por el título del mundo y acceder, entonces, a una gran bolsa. Sigue buscando dinero, ese dinero que, dice, otros ganaron gracias a ella. ¿Hasta dónde llegará con estos intentos? Nunca se sabe. Pero muchos le creen cuando asegura que está lejos de rendirse.



Chica buena

Le tocó ocupar el mejor lugar en esta historia. Nancy Kerrigan es la buena, la “víctima”. Y algunos medios norteamericanos pretendieron explotar esto, superando todos los límites. Suelen mostrarla rodeada de su esposo, Jerry, su hijo Matthew, sus padres y sus hermanos… Es la vida perfecta.

Después del episodio con Tonya Harding, Kerrigan logró recuperarse a tiempo para llegar a los Juegos, fue medalla de plata y siguió ligada al patinaje. Integra el Tom Collins Champions On Ice Tour, y produce nuevos shows con su esposo, que es presidente y CEO de P.S./StarGames, una empresa que reúne deportes y entretenimiento. “Para mí, lo más importante es ser una buena mamá”, asegura. Y lo cierto es que su figura sigue siendo reconocida en los Estados Unidos. Tanto, que incluso fue invitada a cantar en un disco llamado Reflections Off The Ice-A Musical Tribute to Skating, una recopilación de música tradicionalmente utilizada en las rutinas de patinaje artístico. El disco fue un éxito y Kerrigan volvió a estar en boca de todos. Quizá eso motivó a Harding a echar mano de un nuevo recurso para triunfar.

UNA ACTIVIDAD SIN RUMBO

¿Cómo es posible que Tonya Harding, sin experiencia y sin condiciones, haya podido desembarcar en el mundo del boxeo? ¿Quién controla que esté preparada para pelear? Después de la categórica derrota sufrida ante Amy Johnson (en la que prácticamente no pudo establecer defensa alguna contra una rival muy superior), muchos se preguntan quién controla que una mujer pueda atreverse a subir a un ring. Lo cierto es que el boxeo femenino y el masculino sufren, actualmente males semejantes (la falta de organizaciones prestigiosas y unánimemente reconocidas y la diversidad de reglas de acuerdo a cada país o Estado de los Estados Unidos), con el agravante de su situación todavía precaria. Incluso, muchos de los nombres más reconocidos dentro del boxeo femenino apuntan directamente a ligarse a las organizaciones masculinas para quedar protegidas. En la actualidad, Laila Ali, la hija del enorme Muhammad Ali, fue reconocida en febrero de este año como campeona mundial honoraria de categoría supermediana por el Consejo Mundial de Boxeo (CMB). Laila es la tercera mujer que logra esta distinción por parte del CMB, después de la estadounidense Christy Martin y la mexicana Laura Serrano.

¿Cuál es el grado de efectividad de las organizaciones femeninas? Muy relativo. En el mundo, hay dos federaciones con cierta importancia. Una, la IFBA que funciona en California y tiene todavía siete títulos vacantes en sus 17 categorías. Sus campeonas son Ann Wolfe (supermediana), Sunshine Fettkether (welter), Isra Girgrah (liviano junior), Kelsey Jeffries (pluma), Adriana Delgado (gallo), Para Draine (gallo junior), In Young Lee (mosca), Yvonne Caples (mosca junior), Wendy Rodrí-guez (minimosca) y Vaia Zaganas (mínima).

En tanto, en Miami está instalada la WIBF, cuya carta de presentación fundamental es su presidenta, la inglesa Barbara Buttrick, autodenominada campeona mundial del peso mosca y peso gallo entre 1950 y 1960, que además asegura haber tenido más de mil desafíos con bo-xeadores hombres. De todos modos, nadie logra generar un consenso suficiente como para erigirse en organizador de la actividad. Y así, los casos como el de Tonya Harding se suceden uno tras otro.
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