SáBADO 23 DE OCTUBRE DEL 2004 / EDICION No. 23611 / ACTUALIZADA 02:30 am





EL HUMOR DE




Crisis de partidos políticos

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Jaime Vega Luna

Los partidos políticos en Latinoamérica están en crisis frente a la opinión pública, y Nicaragua no es una excepción. Sin embargo se está forjando una conciencia a nivel internacional —y Nicaragua no debe ser la excepción— de que para desarrollar un país es indispensable modernizar el andamiaje en que descansa la sociedad.

En la sociedad democrática los partidos políticos son pilares fundamentales. Sin éstos no puede existir la democracia representativa. La democracia no es un fin, es un medio para lograr el desarrollo. Y para que el país continúe con éxito el camino a lograrlo, tiene que modernizar sus instituciones partidarias. Si los ciudadanos no tienen confianza en sus partidos políticos, tampoco la tendrán en el sistema político.

Paradójicamente, en Nicaragua, después de tres presidentes electos democráticamente aún existe un alto nivel de pobreza y un total descrédito de los partidos políticos, principalmente los que han estado en el poder, que no han respondido a la confianza que el votante les otorgó para que encontraran la ruta del bienestar de la población, sino que más bien boicotean esfuerzos en la lucha contra la corrupción y el esfuerzo por la institucionalización. Han sido causa de crisis de gobernabilidad poniendo en riesgo la estabilidad democrática insinuando reformas innecesarias, ajenas a los intereses de la nación y manteniendo interferencia en el Poder Judicial y entes autónomos

Es hora en que se dé un replanteamiento del papel de la política en la tarea de desarrollar el país. El mundo vive momentos irreversibles de cambio con la mundialización acelerada, vinculada directamente a la perspectiva del progreso.

Los partidos políticos, como vehículos de representación, son las instituciones en cuyo marco, y a través de los cuales deben ocurrir esos cambios. Es imperativo que diseñen y alcancen la modernidad necesaria para conducir la modernización del país.

Aunque la eficacia de los partidos para jugar ese rol es seriamente cuestionada hay que reconocer que no tienen sustitutos, son elementos constitutivos en la infraestructura de la democracia y proveedores de autoridades públicas.

Es imprescindible la consolidación de la democracia en Nicaragua y conservar la libertad como un bien preciado y útil a los propósitos de alcanzar el desarrollo. Por eso la deteriorada imagen pública de los partidos es de gran preocupación y señal de alarma. Que no sea el preludio de algo peor.

Es necesario, pues, tener partidos políticos con agendas identificables, factibles, enfocadas a la consecución del desarrollo basado en un crecimiento económico armonioso, sostenible, con la participación de todos, modernos en sus estructuras internas, que den seguridad al votante, capaces de implementar gobiernos sanos, con valores éticos y morales, no sólo en el manejo de los fondos estatales sino en las relaciones solidarias con los gobernados, que garanticen la emergencia de líderes democráticos sin posibilidades de permanencia en el poder y que se conviertan en caudillos imprescindibles, que capturen el gobierno con fines personales y partidarios.

La historia nacional es contraria a ese pensamiento modernizante. Hay grandes anclajes que hacen difícil efectuar el cambio que se necesita urgentemente. Liderazgos de antaño aparecen como fantasmas reclamando permanecer en un pasado que imaginan glorioso y caudillos entrampados en un laberinto de intereses y de ideologías fracasadas, se aferran a sus raíces de incompetencia, ilegitimidad y de descomposición social.

La capacidad de crear opciones con proyectos viables para fortalecer al ciudadano y por ende a la sociedad es algo que se debe exigir de los diferentes actores políticos y repudiar en las urnas a los que siguen dando lo mismo.

Como la esperanza es algo que nunca hay que perder, los nicaragüenses deben estar atentos al nacimiento que se está dando de un esfuerzo que camina en el sentido patriótico de forjar ese instrumento político, que de manera seria, moderna, equilibrada, asuma la tarea de desarrollar al país y que pueda enfrentar los retos, no fáciles, que se avecinan.

En la Alianza por la República se está viendo con extraordinaria claridad que el porvenir de Nicaragua hay que rescatarlo de la bicaudillocracia a que ha estado sometida, tomando la responsabilidad de generar el cambio, de transformar la ruinosa imagen de la política en una actividad noble, solidaria, y beneficiosa para la familia nicaragüense. Obviamente el respaldo popular es el factor imprescindible en la realización del sueño granítico de una República cada día mejor.

El autor es directivo del Partido Conservador.
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